El que robó a mi mujer

Versión musical de Pigmeos, vagabundos y omnipotentes

Dos actos
1 hora y 45 minutos.

Personajes

Pliston
Romo
Classo
Ada

Fragmento
Acto primero

El vagabundo dormita sobre el banco de un parque, usando como almohada un fajo de periódicos. Más tarde es observado por Pliston: un tipo de inmaculada elegancia, con bastón, sombrero y libro en la mano, que entreabre mientras reposa la nalga en un extremo del banco. Luego interrumpe la lectura para clavar los ojos en el público, sin un pestañeo.


PLISTON: Me llamo Pliston. (Mirada al pordiosero.) Señor Pliston. (Mirada al pordiosero.) Es intolerable. (Ingresa en la lectura para estremecerse a cada ronquido de Romo.) Señor, señor, sea usted quien fuere, venga de donde viniere, sea humilde o prepotente, introvertido, extrovertido, trisexual, sea quien fuere, ¡incorpórese! (Pausa. Al público.) Excúsenle, puede ser hoy su día de fiesta, o puede ser un loco, o un sonámbulo... (Romo ronca con violencia.) Inaguantable, imperdonable, increíble e insospechado. (Gira alucinado en torno al banco.) Señor, señor, está usted ofreciendo un espectáculo. ¿Por qué no despierta?

PLISTON: Sólo que sueñas en fundar la Asamblea de Técnicos Itinerantes para yerros, torceduras y otros naufragios humanos... (Huyendo de su personal éxtasis.) Prosigamos... pelo largo, desgreñado, orejas inmundas... (Lo huele. Al público.) ¡Uf! ¿Huele a inmundicia? ¿Es una ruina que apesta? ¿Un...? ¿Un...? (Recoge un sombrero del banco.) ¡Vaya sombrero! Y qué botas, madre mía. ¿Donde irá este descarriado con tan monumentales botas? ¿Será una compensación a una deficiencia? ¿Una compensación a una frustración?

(Romo se alza del banco con dulzura, oteando el fulgor de la mañana con la paz anidada en el rostro.)

ROMO: Qué deliciosa, suave y fresca mañana de primavera... Cómo pían los locos verderoles... (Observando a Pliston.) ¿Oíste el canto del chamariz?
PLISTON: ¿Qué chamariz?
ROMO: ¡Chitón! Le da réplica un pardillo. Anuncia la nueva sociedad.
PLISTON: ¿La nueva sociedad?
ROMO: Bien, pardillo, hay que reivindicar, píaselo a los demás.
PLISTON: ¿Reivindicar? ¿Qué hay que reivindicar?
ROMO: Un inédito orden del hormiguero.
PLISTON: ¿Qué... qué dice?
ROMO: ¿Ve este sombrero?
PLISTON: Raído, hecho un higo.
ROMO: Lo lució Malatesta, lo adquirí en el rastro.
PLISTON: ¡Malatesta era un malasombra!
ROMO: ¿Oye? ¡Oh, condenado pardillo! Estás en tu momento cumbre.
PLISTON: ¿Par-di-llo?
ROMO: Calla, hermano y oye la respuesta del jilguero. ¿Sabes? Este año arrasó con sus trinos. Es el número uno en ventas.
PLISTON: ¿Seguro que se encuentra bien? ¿Que no se ha fugado de...?

(Romo inicia unos ejercicios gimnásticos.)

ROMO: ¡Uno, dos! ¡Uno, dos!

(Pliston corre tras él, tropieza, va al suelo, también el libro, y se le cae el sombrero.)

PLISTON: ¿Qué hace ahora? ¿Qué perpetra? (Al público.) ¿Será un incendiario? ¿Un poeta de la contradicción?
ROMO: El agua, la fuente.
PLISTON: ¿Qué agua? ¿Qué fuente?
ROMO: Perdona, hermano, pero tengo legañas en los ojos y...
PLISTON: ¿Acaso va a darse un baño turco en un parque público?

(Romo se aleja hasta la fuente y, emitiendo alaridos, se da un chapuzón.)

PLISTON: Siento infinita compasión por el ciudadano del parque y es ciudadano del parque porque tenemos parques, si no acabaría como mi gato: sin casa, plato y amo.

(Regresa Romo con un melocotón, y canta al lado de Pliston.)

ROMO: Amigo, ¿quieres uno?
PLISTON: Lo mismo es su desayuno.
ROMO: (Entresacando los forros del bolsillo del pantalón.) Qué remedio.
PLISTON: ¿Es usted un loco macrobiótico?
ROMO: Es mi lema: vivir y no devorar a nadie para sobrevivir. ¿Entiendes?
PLISTON: ¡Claro que Pliston entiende! Ya empieza el tanteo, que no acabe en cachondeo. (Pausa.) ¿Será un vagabundo con una flor libertaria en el sombrero?
ROMO: Debe oírme, caballero.
PLISTON: ¿Oírle, caballero? Usted sería un vela temblorosa si supiera quién es Pliston cuando se viste y calza y va de paseo con el intelecto abierto y el ojo entreabierto.
ROMO: ¿Y si tuviera por deporte leer en el libro del rostro humano?
PLISTON: Lea libros reales y sumérjase en la realidad. Tome.
ROMO: Pues toma.

(Sigue la música, pero hablan en vez de cantar mientras intercambian un libro con gesto circense.)

PLISTON: ¡Ah! ¿Pero usted lee? (Pausa.) Veamos Lo que aprendí en la vida. Ángel Pestaña, 1933. (Pausa.) ¿Por eso pestañea tanto, eh?

(Recupera su libro a la par que devuelve el de Romo, como si fuera un juego de payasos.)

ROMO: ¡Oiga! Yo en cambio casi no vi ni la portada.
PLISTON: Un millón de ejemplares.
ROMO: ¿Se titula así? ¿En serio?
PLISTON: Claro que en serio.
ROMO: Déjeme echarle un vistazo.
PLISTON: Aquí quien analiza es Pliston, quien examina es Pliston, y quien está autorizado por la Asamblea de Integradores Invictos es monsieur Pliston. (Pausa.) Esta es mi tarjeta, guárdela y no la pierda.

Fragmento

PLISTON: Cojamos el toro por los cuernos. ¿Aseguras que era increíble tu mayordomo?
CLASSO: ¡Ajá!
PLISTON: Descríbemelo.
CLASSO: Leal y original.
PLISTON: (Reflexionando.) Dime, Classo, ¿era esbelto?
CLASSO: Como una palmera.
PLISTON: ¿Acaso un dandi con librea?
CLASSO: Ada era una eterna gata en celo.
PLISTON: ¿Antes de escaparse llegaron a...?
CLASSO: ¡Pliston!
PLISTON: Disculpa.
CLASSO: Ada pide el divorcio, la separación de bienes...
PLISTON: Serénate.
CLASSO: ¡Oh, Dios mío! Qué fatalidad.
PLISTON: Y ahora, ¿qué falta para...?
CLASSO: ¡Una hora! Sesenta viles minutos...y mi momento fatídico habrá llegado.
PLISTON: ¿Seguro que sesenta minutos?
CLASSO: Ada se metió en la cama, con el despertador en la mano, y junto al teléfono, aguardando oír el fatal timbre del reloj para hundirme.
PLISTON: Hay que tener fe, Classo... (Comienza a girar por el banco a ritmo demencial, secundado por Classo.) Fe en el cerebro perfecto del homo sapiens, fe en la técnica y en la ciencia, en las altas matemáticas y en la telefonía móvil, en los trasplantes de córnea y en las estaciones espaciales.
CLASSO: Qué gruñes, qué gruñes.
PLISTON: Sí, Classo. Hay que tener confianza en el acá y en el allá, en la telepatía y en los internautas, en el Tai-Chi y en la moral de hierro, pero nunca en los alquimistas que sueñan en diseñar mundos sin gobierno.
CLASSO: (Sin cesar de perseguirlo.) Qué berreas, qué berreas.
PLISTON: Hay que tener fe en las autopistas y menos en los automovilistas, fe en las latas de conserva, pero no en el caos reivindicativo.
CLASSO: La hora. ¡La hora!
PLISTON: Hay que ser esto, más que aquello, hay que negar y luego afirmar que lo negado afirmado está.
CLASSO: Detente. Frena ¡Es la hora!
PLISTON: No hay que jugar al tenis con las putas, tampoco guiñarle un ojo a la mujer del prójimo. ¡Ah! ¡Ah! Pero sí hay que regalar un ojo a un ciego, una pierna a un cojo, un brazo a un manco, un testículo a un castrado, una Sex Simbol a un reprimido. Hay que poner un candado a las palomas mensajeras.
CLASSO: ¡La hora!
PLISTON: Hay que motivar a orinar a control remoto. (Desfallece.)
CLASSO: ¡Pliston! ¡Pliston!
PLISTON: (Rehaciéndose.) Hay que... (Se tambalea.)
CLASSO: ¡Pliston! ¡Pliston!
PLISTON: Hay que hacer el amor a oscuras y con sombrero de copa. Hay...

(Se desploma en el banco, mientras Classo lo abanica con el sombrero.)

CLASSO: Pliston.
PLISTON: ¡Hum!
CLASSO: Chiquitín de tu madre.
PLISTON: ¡Hum!
CLASSO: (Voz ronca.) ¡Levántate, carajo, que es la hora!
PLISTON: (Brincando.) Ya... Ya... Entiendo. Comprendo. Me ubico. Soy consciente. (Señalando a Romo.) ¿Y ése quién es? ¡Ah, sí! Materia prima para un reformador. (Pausa.) Claro, claro, tu hora. (Pausa.) Ya respiro. (Pausa.) Y oigo un chamariz.
CLASSO: ¡Pliston!
PLISTON: Excusa, disculpa. (Pausa larga.) Tú, Classo, buscabas a tu mayordomo, ¿no?
CLASSO: (Tez resentida.) ¿De veras?
PLISTON: Aunque estás persuadido de no hallarlo, ¿cierto?
CLASSO: ¡Cierto!
PLISTON: Salvo que busques un sustituto tan leal y original como el que se fugó a los Alpes.
CLASSO: ¿Qué insinúas? ¿Qué pretendes, di?
PLISTON: Medítalo a fondo. ¿Me otorgas plenos poderes?
CLASSO: Sálvame.
PLISTON: Romo.
ROMO: Llegó mi hora de subrayar con lápiz verde los desaguisados del día.

(Coge un periódico y lo entreabre.)

PLISTON: ¡Romo exclamé!
ROMO: Estoy atareadísimo.
PLISTON: Responda a Pliston: ¿acaso no hay heterogéneos estilos de sentadas allá donde se instala la ausencia de libertades?
ROMO: Por una vez coincidimos, hermano.
PLISTON: ¿Me concederá una sentada especial en un hogar tortuoso?
CLASSO: Un momento. ¡Un momento! (Examinando a Romo con repugnancia.) Pliston, ¿no irás a...?
PLISTON: Y tú me concediste plenos poderes.